Oh joven dama, dígame, ¿qué ha de hacer un simple ser viviente cuando se halla de pronto ante la encarnación misma de la belleza? Porque no exagero ni blasfemo al decirlo: usted es la reencarnación de Venus en estos tiempos modernos, una diosa que ha olvidado el Olimpo para bendecir con su presencia este mundo cansado de fealdad.
Su cabello es la primera revelación, el anuncio dorado del milagro. No es simplemente rubio, no. Es un torrente de trigo maduro bajo el sol de agosto, una cascada de miel líquida, un tejido de rayos solares que Apolo mismo envidiaría. Cada hebra parece hilada con el oro más puro que la tierra haya parido, y cuando la luz la roza, su melena resplandece con el fulgor de una aurora boreal que danza sobre un campo de espigas. Es el color del amanecer, de la riqueza verdadera, de lo divino hecho hebra.
Y enmarcados por ese halo solar, emergen sus ojos. Dos zafiros celestiales engarzados en el más delicado de los rostros. Son del azul que sólo habita en lo profundo del océano o en la inmensidad del firmamento. Un azul que no es simplemente color, sino una pregunta sin respuesta, un vértigo infinito. Quien los mira, olvida la orilla y se pierde en un mar de calma y misterio. Son lagos alpinos donde el cielo se refleja a sí mismo con vanidad, aprendiendo de ellos lo que significa ser azul. En su profundidad habita la serenidad de una mañana sin nubes, y en su brillo, la chispa traviesa de las estrellas más jóvenes.
No podía ser de otra forma, doncella de luz, que sus accesorios fueran dorados. Porque el oro no es en usted un capricho ni un adorno vano: es el único metal digno de su esencia. Rinde pleitesía a su cabello, dialoga con el sol que porta como corona natural, y acaricia su piel iluminándola con una segunda capa de fulgor. Ese dorado que la acompaña es el eco material de su espíritu radiante, la firma del Midas celestial que la creó y que, al tocarla, decidió que todo en usted recordara al sol.
Afortunado, más que todos los reyes y todos los poetas juntos, aquel que tenga el privilegio divino de contemplarla en cada momento, a cada hora y en toda circunstancia. Afortunado el que pueda beber de ese azul a diario y perderse en ese dorado como quien se pierde en un sueño eterno del que no desea despertar.
Yo, mientras tanto, he de confesar mi verdad: no soy un aedo que domine el canto, ni mucho menos un poeta que sepa domar las palabras. Soy apenas un loco, un iluso, un fantaseador empedernido que ha tenido la osadía de alzar la vista hacia el firmamento. Y allí estaba usted, estrella rubia de mirada oceánica, demasiado brillante para mis ojos mortales, demasiado perfecta para mis versos torpes.
Tenga un buen dia, doncella de la luz, la serpiente se retira lentamente.
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Confieso que no sé si debería creer que alguien realmente se tomó el tiempo de escribir algo así, o si simplemente apareció como un pequeño delirio bonito en mi día. Estoy anonadada, en serio no lo esperaba, pues tu forma de describir(me) es demasiado cuidada como para pasar desapercibida, hay algo en tanto detalle que inevitablemente despierta curiosidad en mí, no tanto por descubrirte, sino por comprender cómo esa mente logra hilar tan agradable mensaje que en definitiva mejoró mi velada.
No sé si soy esa figura admirable que suena más a ideal que a mi persona, pero sí sé reconocer cuando alguien ha puesto intención, tiempo y cierta sensibilidad en lo que escribe y eso lo valoro profundamente, pues el solo hecho de dedicarme un saludo ya es una muestra de atención que aprecio, así que las palabras me quedan cortas en cuanto a tu escrito. Gracias por eso, por el gesto, por la delicadeza y por dejar una impresión que no es habitual, por lo que espero que tengas un buen sábado, serpiente misteriosa. 💫
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